Hay una pregunta que me acompaña desde hace mucho tiempo.
Si lo que hasta hoy hemos conocido como alma es un concepto con el que hemos establecido una conexión tan profunda, ¿de dónde nace realmente esa idea?
No voy a entrar a explicar religiones, tradiciones o creencias. Existen miles de ellas, y cada una ofrece una respuesta distinta. Hoy solo quiero hablar desde mi experiencia.
Yo me percibo como un espíritu viviendo una experiencia humana. Un espíritu habitando un cuerpo físico, guiado por una conciencia superior, por una inteligencia mayor que me orienta.
Y es aquí donde surge una pregunta que nunca he podido ignorar.
Si todos somos espíritus y, al morir seguimos existiendo como espíritus, ¿cómo es posible que se diga que el alma abandona ese espíritu para reencarnar en otra persona? Si el espíritu permanece consciente en otra dimensión, ¿qué ocurre con su alma? ¿Se queda sin ella?
Esa idea nunca logró hacer sentido dentro de mí.
Según mi propia hipótesis, somos un espíritu que llega a esta experiencia con una conciencia profunda y con un aliento que le da vida al cuerpo. Cuando hablo de espíritu, no hablo de un fantasma ni de una figura religiosa. Hablo de una inmensa energía consciente.
Por eso, desde lo que he vivido, siento que no es el alma la que reencarna. Lo que continúa su camino es el espíritu.
No afirmo que esta sea una verdad universal. Es simplemente la comprensión que ha ido naciendo en mí a partir de mis experiencias.
He tenido sueños profundamente reveladores y experiencias paranormales que me han llevado a percibir otras dimensiones. En ellas he sentido la presencia de personas que abandonaron la vida terrenal y he podido conectar con ellas. Estas experiencias han transformado profundamente mi manera de comprender la existencia.
Entonces vuelvo a hacerme la misma pregunta:
Si ese espíritu sigue existiendo, ¿qué ocurrió con el alma? ¿Realmente viajó a otro cuerpo? ¿O será que hemos llamado “alma” a algo que en realidad, siempre fue el espíritu?
No tengo todas las respuestas.
Solo tengo preguntas que nacen del silencio, de la experiencia y de la necesidad de comprender quiénes somos realmente.
Y quizá, a veces, una buena pregunta nos acerca más a la verdad que una respuesta aprendida.

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